El acuerdo que dejó de ser cosa de famosos
Cada vez más parejas en el mundo, y también en la Argentina, deciden firmar un acuerdo prenupcial. Saber qué es de quién, quién responde por qué deuda y cómo se protege lo que cada uno construyó preserva la salud de la relación y las finanzas personales de sus integrantes.
Separación de bienes: firmar antes de decir «sí»
Cuando se habla de acuerdos prenupciales, la imaginación suele irse a Hollywood: divorcios millonarios, mansiones, cláusulas con abogados de por medio. Pero hoy los números cuentan otra historia. En distintas partes del mundo, y también en Argentina, cada vez más parejas comunes deciden ordenar sus finanzas antes de casarse. No por desconfianza, sino por algo mucho más cotidiano: saber qué es de quién, quién responde por qué deuda y cómo se protege lo que cada uno construyó.
Una tendencia que se confirma en el mundo
Estados Unidos es el caso más medido. Según la consultora de investigación de mercado y opinión pública The Harris Poll, en 2022 el 15% de los estadounidenses había firmado un acuerdo prenupcial, frente al 3% en 2010. Entre los más jóvenes la cifra se dispara: el 41% de la Generación Z y el 47% de los millennials comprometidos o casados dijeron haber firmado uno. La explicación es simple: la gente se casa más tarde y llega al matrimonio con activos propios, pero también con deudas.
Y no se trata solo de grandes patrimonios. Un relevamiento de 2025 de la plataforma de finanzas personales Credit Karma mostró que casi un cuarto de los encuestados firmó o planea firmar un acuerdo de este tipo, que se conoce como Better Safe Than Sorry (“mejor prevenir que curar”).
En España, donde el sistema se parece más al nuestro, la tendencia es contundente: de las 65.246 capitulaciones matrimoniales firmadas en 2023, el 92,3% fue para optar por la separación de bienes.
Argentina: una opción que existe hace apenas pocos años
Acá la historia es reciente. La posibilidad de elegir existe desde el 1° de agosto de 2015; antes, todos los matrimonios quedaban bajo el régimen de comunidad: el clásico sistema de bienes gananciales.
Hoy hay dos caminos. Si la pareja no elige nada, rige la comunidad (el clásico “por defecto”): lo que cada uno gana y compra durante el matrimonio se considera de los dos, aunque esté a nombre de uno solo. Si se firma una convención de separación de bienes, cada uno es dueño de lo suyo, y lo compartido es solo lo que compran juntos.
El trámite se hace antes del casamiento, ante escribano, y luego se inscribe en el Registro Civil. Y la buena noticia es que no es para toda la vida: durante el matrimonio se puede cambiar de régimen, siempre que haya pasado un año desde la última elección.
El dato local más elocuente viene de la ciudad de Buenos Aires: en 2016 solo el 14,27% de las parejas eligió separación de bienes; en 2024 lo hizo el 33,44%, más del doble en nueve años. Hoy, según el Registro Civil, hay un cambio de tendencia y una de cada tres parejas porteñas ya elige este camino.
Eso sí: el prenup argentino es mucho más acotado que el de las series. No admite cláusulas creativas sobre infidelidades o mascotas. Básicamente sirve para elegir el régimen e inventariar los bienes y deudas que cada uno lleva al matrimonio.

Con y sin acuerdo: cómo cambia el día a día
Caso 1: dos sueldos parecidos, cada uno con su cuenta. Cami y Nico trabajan en relación de dependencia, ganan parecido y ya manejan cuentas separadas con un fondo común para gastos. En comunidad, los ahorros que cada uno acumula de su sueldo se reparten por mitades si se separan, aunque estén en la cuenta de uno solo. Con separación, cada uno se queda con lo que ahorró. Para esta pareja la diferencia es chica: el acuerdo básicamente formaliza cómo ya viven.
Caso 2: uno emprende. Lu deja su empleo para abrir un local y toma un crédito. Su pareja, Santi, tiene sueldo fijo y viene ahorrando para un departamento. En comunidad, si el negocio sale mal, lo que se compró durante el matrimonio a nombre de Lu puede quedar expuesto a esas deudas, aunque la mitad de ese valor le correspondería a Santi al separarse. Con separación, los riesgos del emprendimiento quedan del lado de quien emprende. El acuerdo protege a los dos: Lu puede arriesgar sin arrastrar a Santi.
Caso 3: uno tiene un departamento heredado. Vale heredó un departamento antes de casarse y lo alquila. El departamento es suyo en cualquier régimen. Pero en comunidad, el alquiler que cobra durante el matrimonio pasa a ser de los dos, igual que lo que compre con esa renta. Con separación, el alquiler y lo que invierta con él siguen siendo solo de Vale. Es una diferencia que muchos desconocen y que, con los años, puede representar una cantidad de dinero considerable.
Caso 4: uno baja el ritmo para criar. Cuando nace su primer hijo, Maxi pasa a trabajar medio tiempo para ocuparse de la crianza, mientras Flor crece profesionalmente y aumenta sus ingresos. En comunidad, si se separan a los 10 años, lo construido en ese tiempo se divide por mitades: el trabajo de crianza de Maxi queda reconocido en el reparto. Con separación, cada uno se lleva lo que está a su nombre, y Maxi podría quedar con menos patrimonio, habiendo sostenido la casa y los chicos. La ley le permite reclamar una compensación, pero es un reclamo posterior e incierto. Esta es la gran desventaja del acuerdo, y la razón por la que conviene revisarlo cuando cambia la vida familiar.
Lo que no cambia si hay hijos
Hay algo que ningún acuerdo modifica: ambos padres deben mantener a sus hijos en proporción a lo que ganan, sin importar el régimen elegido. Y la casa donde viven los chicos puede quedar para quien los cuida, aunque no sea su dueño. El régimen de bienes ordena el patrimonio de la pareja; las obligaciones con los hijos corren por otro carril.
Lo que se gana y lo que se pierde
Con separación de bienes se gana autonomía, protección frente a las deudas del otro, claridad sobre lo heredado y separaciones más simples. Se pierde, en cambio, la red automática que protege a quien gana menos o resigna ingresos para cuidar a la familia. Lo bueno, como se mencionaba al principio, es que el régimen se puede cambiar. Una pareja puede empezar con separación mientras ambos trabajan y emprenden, y pasar a comunidad cuando llegan los hijos y uno reduce su jornada, o al revés. El error no es elegir uno u otro régimen, sino no revisarlo nunca.
Más que un contrato, una conversación
Quizás el mayor valor de este proceso no esté en el papel firmado, sino en la conversación que obliga a tener. Hablar de ingresos, deudas, ahorros y proyectos antes de casarse sigue siendo incómodo para muchas parejas. Pero las nuevas generaciones lo empiezan a ver de otro modo: no como una previsión de fracaso, sino como una forma de planificar juntos. Porque el amor no se negocia, pero las finanzas se ordenan.