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Hombres de Mayo en familia

En la tercera edición de esta serie de notas, la Licenciada en Historia Susana Frías continúa con el estudio historiográfico sobre la vida social de los héroes de 1810. La fuente para la investigación fue el Archivo Histórico de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced.

“Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810”, obra del artista chileno Pedro Subercaseaux.

En este tercer artículo haremos un bosquejo del presidente de la Primera Junta de Gobierno, Cornelio Saavedra, y de uno de los vocales del cuerpo gubernativo, Miguel de Azcuénaga. Ambos personajes fueron los decanos del grupo de 1810, en el que Azcuénaga era el mayor de todos, pues contaba con 56 años de edad al ser elegido. Por su parte, Saavedra era cinco años menor que el vocal.

Cornelio, un arribeño

Había nacido en el Corregimiento de Potosí, el 15 de septiembre de 1759. Hijo de Santiago de Saavedra y Palma y de María Teresa Rodríguez de Giraldes, ascendía de antiguos vecinos de Buenos Aires por línea paterna. Juan, su antecesor más antiguo, había llegado en 1639 desde Perú: su hijo, Pedro, fue miembro de las milicias urbanas y alcalde de Buenos Aires; su nieto, Bernardo, también ocupó cargos de cabildo. Santiago, el bisnieto de Juan y padre de Cornelio, comenzó a formarse en la Universidad de Charcas, donde contrajo matrimonio con Teresa, originaria del Alto Perú; y sin haber terminado los estudios, regresó al puerto, donde también ocupó cargos municipales.

“Desde sus más tiernos años”, según expresión de nuestros libros parroquiales, Cornelio vivió en Buenos Aires, educándose en el colegio de San Carlos. El 18 de abril de 1788 contrajo enlace con su prima hermana Francisca de Cabrera y Saavedra, ya viuda. El provisor otorgó dispensas para que se celebrara la boda, por “segundo grado lateral de consaguinidad y parentesco espiritual de compaternidad en confirmación”. Los cuatro hijos del matrimonio, cuyas partidas de bautismo se conservan en nuestro archivo parroquial, nacieron entre 1790 y 1796. En estos años, las inquietudes del patriota se orientaban hacia lo económico comercial, actividad cuyo corolario sería un nombramiento por el Cabildo como administrador de los granos del diezmo, en 1805. En cuanto a sus hijos, Manuel José María de los Dolores, bautizado en 1794, se destacó como guerrero de la independencia de Chile y murió un año antes que el patriota; por su parte, el mayor, Mariano José Jacinto Tomás Cornelio Pedro Santiago, estableció su hogar en Bolivia; y los otros dos fallecieron infantes.

ESPOSO. Registro del casamiento en primeras nupcias de Cornelio Saavedra con Francisca de Cabrera y Saavedra.

Tras haber enviudado, Cornelio contrajo matrimonio con Saturnina Bárbara de Otarola y del Ribero, el 28 de abril de 1801. Con ella compartió el reconocimiento público por su brillante actuación militar en las Invasiones Inglesas. Seguirán la consolidación del Regimiento de Patricios, a cuyo cargo se encontraba como comandante; el sostenimiento de la autoridad del virrey Liniers, durante la asonada del 1 de enero de 1809; y la designación por parte del Cabildo en la presidencia de la Junta Provisional del primer gobierno patrio.

Las partidas sacramentales conservadas en nuestro archivo revelan los vínculos de amistad y filiación que Saavedra compartía con protagonistas públicos del momento. Por ejemplo, Cornelio fue testigo del matrimonio de Miguel Soler, subteniente del Regimiento de Infantería de Buenos Aires, vinculado familiarmente con Saturnina, el 9 de junio de 1809; asimismo, algunos de los hijos del segundo matrimonio también fueron bautizados en esta parroquia. Así, como comentamos en el artículo anterior, Eusebio Mariano –futuro gobernador de la provincia de Buenos Aires, entre 1862 y 1866, además de diputado nacional y senador– fue bautizado por Manuel Alberti y su padrino fue Juan de Larrea. También constan los bautismos de otros dos hijos: Francisco de Borja José María del Corazón de Jesús (14 de octubre de 1811), y María Francisca Javiera (15 de diciembre de 1815). En otras parroquias fueron bautizados cinco hijos más de este matrimonio, dos de los cuales –junto con María Francisca Javiera– fallecieron infantes.

Cuestionado su liderazgo en la Primera Junta, y derrotado militarmente en el Alto Perú, Cornelio vio afectada su vida familiar. En agosto de 1811 debió marchar a Salta para tomar el mando de las tropas vencidas, desplazamiento aprovechado por sus opositores políticos para iniciar una etapa de persecuciones. Exiliado en Chile, gracias a la intercesión de su esposa y a las garantías de José de San Martín –entonces gobernador intendente de Cuyo–, Saavedra pudo pasar a San Juan. Se sucedieron largos años de inestabilidad y mudanzas: residió en Buenos Aires, en la campaña de Luján, y en Montevideo. En 1822 fue incluido en la Ley de Reforma, lo cual implicaba su retiro del servicio activo. Pese a ello, durante la guerra con el Brasil, con 65 años de edad, se puso al servicio de la patria. Murió el 29 de marzo de 1829. Un año antes había dejado por escrito en sus memorias un relato minucioso de su vida, en procura del reconocimiento póstumo. El 13 de enero de 1830, en la Iglesia de la Merced, con la presencia del gobernador Juan Manuel de Rosas, fueron celebrados los funerales oficiales de don Cornelio Saavedra. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta.

Un hombre de carrera

Miguel de Azcuénaga nació el 4 de junio de 1754, del matrimonio de Vicente y Rosa de Basavilbaso. El padre de Miguel, llegado de la Vizcaya natal, se había ubicado rápidamente entre los comerciantes porteños, ya que su suegro, don Domingo, era respetado como uno de los monopolistas más importantes. Las familias Basabilvaso y Azcuénaga mantuvieron la tradición mercantil a través de las generaciones, y por vía de matrimonio incorporaron a otros marchantes de nota, lo que amplió sus negocios. Aunque su padre trató de formarlo en el ámbito del comercio -lo había enviado a estudiar a España y luego le encomendó negocios en el Viejo Continente-, la vocación de Miguel era otra y, ya de regreso, ingresó como subteniente de la Compañía de Milicias de Artillería. Desde entonces alternó la vida militar con las tareas en la administración colonial, primero, y más tarde con su gestión en los gobiernos patrios.

HIJO. Acta de bautismo de Miguel de Azcuénaga, vocal de la Primera Junta de Gobierno de 1810.

Azcuénaga creció en una familia numerosa compuesta por 10 hermanos, algunos de los cuales murieron muy jóvenes. Las actas de la Parroquia guardan memoria de muchos acontecimientos familiares: los bautismos de él y los de sus hermanos, los matrimonios de algunos de ellos, los nacimientos y bautismos de sus hijos y sobrinos, y varios otros matrimonios de esta generación. La muerte de su padre, en 1787, lo enfrentó a sus cuñados comerciantes y a su hermano, el abogado Domingo, designados albaceas testamentarios: la voz más destacada de este conjunto fue Gaspar de Santa Coloma, casado con Flora, una de las mujeres más hermosas de la ciudad. El suegro había dejado a Gaspar la responsabilidad sobre los tres hijos menores y el finiquito de los trámites para el casamiento de su hija Ana con Antonio de Olaguer y Feliú, gobernador intendente y futuro virrey del Río de la Plata. El fallecimiento de Agustín Erezcano –marido de su hermana María Eugenia– puso fin a parte del pleito, pero el resto se sustanció ante la Audiencia que falló a favor de Santa Coloma. Las rencillas no parecen haber trascendido al plano afectivo, pues Miguel actuó varias veces como padrino junto a Flora.

El año 1787 marca el inicio de la actividad de Azcuénaga en el Cabildo porteño, donde ocupó distintos cargos. Durante 1794, en su posición de procurador de la ciudad, intentó empedrar las calles –como ya antes se había hecho– utilizando piedra traída de Martín García. Asimismo, propuso al Marqués de Arredondo una suscripción entre los vecinos, que él encabezó donando el ganado para alimentar a los trabajadores de las canteras. Como tantas veces después, empeñaba su caudal en beneficio de la ciudad. A comienzos del año siguiente contrajo matrimonio con su prima hermana, Justa Rufina de Basavilbaso. Los enlaces entre parientes cercanos fueron una constante de este grupo familiar, como lo demuestran los de sus sobrinos Francisco Santa Coloma –hijo de Flora– con Rosa Azcuénaga –hija de su hermano Domingo–, y el de su propia hija Manuela con José Olaguer y Feliú –hijo de Ana Eugenia y del Virrey–.

A fines de 1795 nació María del Rosario Justa Gregoria, en momentos en que Miguel recibía el cargo de comandante de las Milicias disciplinadas de la ciudad. Mientras ejercía dicha responsabilidad, y con su cuñado de virrey, volvió a chocar con los comerciantes de la ciudad por haberlos convocado a ejercicios de entrenamiento militar: esto provocó nuevos enfrentamientos con parte de su familia. En 1798 llegó al hogar Manuela Paula Martina, y al año siguiente Antonia Ana Vicenta. Finalmente, en 1805, nació el varón, Miguel José, quien también prestaría servicios al país en el ejercicio de cargos públicos.

La Invasión de 1806 le dio a Miguel su bautismo de fuego en Puente de Gálvez, donde logró detener a un invasor muy superior en número. Desde entonces quedó como decidido patriota y, una vez más enfrentado a su cuñado Santa Coloma, amigo de Alzaga y opositor a los nuevos aires –especialmente a los económicos–. Designado miembro de la Junta Provisional en mayo de 1810, su actividad pública sólo cesó por cortos intervalos: en 1812, gobernador intendente de Buenos Aires; en 1814, miembro del consejo de Estado del director Posadas; en 1816, jefe del Estado Mayor y miembro de la Junta de Libertad de Imprenta; en 1818, diputado del Congreso, trasladado ya a nuestra ciudad. La muerte de su esposa Justa, el 5 de febrero de 1819, impuso un paréntesis a estas actividades, a las que volvió sólo 10 años más tarde. En ese lapso contrajo matrimonio Antonia, quien se casó en La Merced, en septiembre de 1822, con el cordobés Mariano Lozano.

La necesidad de firmar la paz con Brasil llevó a Azcuénaga a aceptar el nombramiento de Encargado de Negocios que le ofrecía el gobernador Dorrego. Esto marcó su regreso a la actividad, que no abandonaría hasta su muerte, el 23 de diciembre de 1833: contaba entonces 79 años de edad y se hallaba en su quinta de Olivos, situada en lo que hoy es la Residencia Presidencial.

Susana Frías, Lic. en Historia,
en colaboración con Viviana Bartucci