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SAN MARTÍN 216. El sueño de la casa propia

“Sólo a la sombra de una situación próspera ha podido crearse un establecimiento fundado en toda parte por el progreso mercantil”, sostuvo Juan Anchorena, presidente de la Cámara Sindical de la Bolsa de Comercio al momento de su inauguración, el 28 de enero de 1862. La segunda sede y primer edificio construido por la BCBA hoy alberga al Museo Histórico y Numismático “Héctor Carlos Janson” del Banco Central.

Cada uno de los edificios que la Bolsa fue ocupando a lo largo de sus casi 170 años de historia simboliza, por identidad urbana e idiosincrasia arquitectónica, los singulares logros y aspiraciones de las distintas generaciones que dieron vida a la Asociación. Desde su aparición en los albores del Siglo XIX, los corredores de Bolsa porteños se habían comportado como avispas itinerantes, sin asiento en un panal fijo (de ahí la denominación “Camoatí”). El carácter errante y fragmentario de este primer grupo bursátil, motivado por la dispersión original de la actividad y luego promovido por la persecución política, desapareció definitivamente con la conformación de la Cámara Sindical: órgano que, elegido por Asamblea de socios, conduciría a partir de entonces los destinos de la BCBA.

Contexto histórico

Con sentido común, la literatura referida a la historia de la Bolsa ha convenido designar como primer edificio de la Asociación a la casa colonial de un piso, con dirección en Florida N° 21. De entre los muchos locales que ocuparon los corredores antes y después de firmarse el Acta de Fundación de la Entidad, el 10 de julio de 1854, aquella vivienda devenida escritorio de cambios fue el punto de reunión inicial -más o menos fijo y permanente- a la hora de hacer los negocios. “Esta primera parte de la vida de la Bolsa se cumple dentro de proporciones modestas, reducidas”, relata el libro editado con motivo del Centenario de la BCBA. “La consolidación de la institución, la pequeñez del local, la crisis mundial (de 1858) y la guerra civil argentina (entre “unitarios y federales”), impiden que pueda entrar en rutas de progreso rápido. Pero todo iba a llegar más adelante. Pese a lo reducido de su número de socios, la calidad de éstos otorgaba a la institución verdadera importancia en el panorama económico y político”.

La historia de la Bolsa cambiaría dramáticamente, junto con la de la Argentina toda, el 18 de septiembre de 1861. Con la victoria de Bartolomé Mitre sobre Justo José de Urquiza en la batalla de Pavón, quedó disuelta la Confederación Argentina y Buenos Aires se reincorporó al país. La transición histórica que se prolongó hasta la década del ‘80 -caracterizada por la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla, entre otros lamentables acontecimientos- puso a prueba a la BCBA, cuya respuesta ante la adversidad sería la transformación definitiva a la próspera entidad en la que se convirtió. En el marco de esa evolución, el primer y razonable paso era contar con un edificio de su propiedad.

La City y los pantanos

El libro “La City de Buenos Aires” —presentado en la BCBA al momento de su edición por el entonces jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Mauricio Macri— menciona entre las construcciones históricas porteñas relevadas a aquélla que fuera la segunda sede de la Asociación: “La Bolsa de Comercio compró en 1860 a la familia Bosch el predio de la calle San Martín 216 y llamó a concurso para la construcción de su edificio propio, a cuyo efecto fijó un límite presupuestario de 700.000 pesos moneda corriente. Era la primera vez que en Buenos Aires se hacía una obra arquitectónica especial para una entidad de esta naturaleza, reflejando el carácter de su función en su imagen urbana. Hubo 12 proyectos y se seleccionó el presentado por Hunt & Schroeder, que se materializó dentro del costo previsto y se inauguró en 1862. Al estudio de los arquitectos Henry Hunt y Hans Schroeder correspondió la singular tarea de construir los primeros edificios específicamente financieros y bancarios de nuestro país”.

¿Qué aspecto tenía la ciudad por aquellos años? Fue justamente en 1862 cuando la luz eléctrica apareció en Buenos Aires, y la primera vivienda iluminada con ese tipo de energía fue la Confitería del Gas: café situado por entonces en Rivadavia y Esmeralda, que —ironías aparte— debía su nombre a los 11 faroles de gas que adornaban su fachada. Sin embargo, el gas continuaría iluminando por mucho tiempo a gran parte de la ciudad, incluido el frente del edificio de la Bolsa que es objeto de esta nota. En tanto, la inauguración de la primera línea de tranvías tirados por caballos debería esperar hasta 1871, y los servicios de cloacas y de agua corriente no estarían definitivamente terminados hasta 1880.

A decir verdad, cualquiera que se alejara unas pocas cuadras de lo que hoy se conoce como el Microcentro no encontraría mucho más que “una sucesión de pantanos transversales, a cual más grande y profundo”, según relata el historiador Alfredo Taullard: “En esa época empezaban a nivelarse las calzadas, pues hasta entonces en pleno centro las aguas llovidas corrían que era un portento por sus declives naturales. En ciertas calles las aceras eran tan altas que en las esquinas había escalones para poder subir a ellas. En algunas hasta habían tenido que colocar, de trecho en trecho, postes con una cadena o barrote de hierro (como protección, para que los peatones no cayeran a la calle). Estos postes servían a la vez para atar las cabalgaduras”. Un vistazo a esta postal ayuda a comprender por qué impresionó tanto a los contemporáneos el primer edificio propio de la BCBA.

LOS VECINOS DE AL LADO. El dibujo incluido en la obra “Viaje al Plata en 1886”, de T. Taylor, muestra la casa de baños públicos “L’Universelle”, situada por entonces a la izquierda de la sede de la Bolsa. La flecha señala la posición del edificio de San Martín 216, retirado hacia el interior de la manzana, con su reja de hierro forjado y sus cuatro faroles de gas en el frente.

Viaje en el tiempo

En sus páginas, el libro editado con motivo del Centenario de la Bolsa propone un paseo imaginario desde Plaza de Mayo hasta la primera sede propia de la Asociación, tal como habría resultado el itinerario en 1870: “Subamos por San Martín, dejando atrás a la Catedral. Encontramos al Banco Provincia, y a su lado el Banco Argentino. Las cuatro esquinas de Cangallo (hoy, Tte. Gral. Perón) están ocupadas por un almacén, el Café de los Catalanes, una armería, y un negocio de cigarrería. Seguimos por San Martín, cruzamos Cangallo, y, a pocos metros, sobre nuestra izquierda, encontramos el edificio de la Bolsa, caracterizado en sus horas de movimiento por gran cantidad de caballos atados a los palenques cercanos, a punto de obstruir el libre tránsito”.

Con referencia al aspecto de la edificación propiamente dicha, el volumen “La City de Buenos Aires” transcribe el comentario del viajero británico Thomas Hutchinson (no exento del característico sentido del humor inglés): “Es un precioso edificio pequeño, levantado en la calle San Martín. En él, la vida cambista de Buenos Aires lucha vigorosamente cada día. Por fuera, la Bolsa, con sus cuatro faroles de primer orden, tiene toda la apariencia de un respetable banco europeo. Por dentro me pareció, en mi visita a las dos de la tarde, sujeto a inconveniencias. Está iluminado por arriba, y en el centro de la sala principal hay un pequeño círculo de aserrín que está encerrado y que al principio creí que hubiera sido hecho para un volantín (número de acrobacia) de liliputienses, hasta que comprendí que es el círculo alrededor del cual los compradores se reúnen a la mágica voz del corredor. En los altos hay un cuarto de lectura, y la luz y la ventilación parecen bastantes”.

LA RUEDA. En esta imagen se ve el gran recinto central de doble altura, con iluminación cenital, al que se ingresaba a través de un vestíbulo con puertas acristaladas. También se aprecia la mítica “baranda”, instalada para separar a los corredores de los asistentes: la primigenia “rueda de operaciones” que jocosamente llamó la atención del viajero inglés Thomas Hutchinson.

Corazón y cabeza de la República

El diario “El Nacional”, fundado por Dalmacio Vélez Sarsfield, célebre por haber publicado las “Bases” de Juan Bautista Alberdi, realizó una descripción de la por entonces flamante sede de la Bolsa que aporta valiosos detalles históricos: “Las puertas del vestíbulo tienen colocados hermosos vidrios de color, expresamente hechos según diseños de los arquitectos y fabricados en Europa. En el techo de cristal hemos notado que se han colocado medios vidrios, en lugar de vidrios enteros, como tiene la mayor parte del techo, pero tenemos entendido que éstos se han de sacar para recibir nuevos en cuanto lleguen los que han mandado a traer de Europa. Nos hemos quedado muy satisfechos al saber que toda la construcción de fierro de este techo ha sido trabajada aquí en el país, según diseños y dirección de los arquitectos, porque muestra que tenemos operarios inteligentes. Creemos que nada deja que desear en su distribución y comodidad este hermoso edificio como para Bolsa (sic), y que la comisión y socios quedarán muy contentos”.

El 28 de enero de 1862, el presidente de la Cámara Sindical de la Bolsa de Comercio, Juan Anchorena, firmó junto a las ocho autoridades restantes de la entidad el acta de inauguración del inmueble. Asistieron al evento Bartolomé Mitre, en su carácter de Gobernador General de Buenos Aires, y el ministro de Gobierno, Pastor Obligado, junto a hacendados, propietarios, y numerosas personalidades del comercio y de la administración pública. “Abrió el acto el señor Presidente, pronunciando un discurso por el que expresó que la Cámara cumplía con un muy grato deber en concurrir a esta reunión para inaugurar el nuevo edificio de la Bolsa, y presentarlo al país como un testimonio y monumento de su importancia y espíritu comercial”, según consta en la propia acta. “Sólo a la sombra de una situación próspera ha podido crearse un establecimiento fundado en toda parte por el progreso mercantil”, sostuvo Juan Anchorena, y subrayó la “firme fe” de la Cámara en que la nueva Bolsa habría de representar en el ámbito político y mercantil “el corazón y la cabeza de la República Argentina”.

Exhortado por los presentes, Bartolomé Mitre tomó la palabra para expresar sus votos “por la prosperidad y desarrollo del comercio de la Nación, impulsado por hombres y capitales nacionales y extranjeros en aras del bien común”. Al señalar al comercio como el artífice de “la grandeza, la gloria y la felicidad de las naciones”, el Gobernador General afirmó que sus representantes, en nombre de todo el Comercio argentino, podían “levantar en lo alto el templo de la industria, del trabajo, de la riqueza”, como una bandera en tiempos de paz. Los días de concordia anunciados por Mitre aún tardarían en llegar, y luego, a través de las décadas, volverían a encontrar dificultades para sucederse. Sin embargo, a partir de entonces y hasta hoy, la Bolsa contribuiría sin interrupciones a promover la industria, el trabajo, y la riqueza: los genuinos cimientos de una paz duradera.